martes, mayo 29, 2007
Medidas, Medidas
Una de las cosas que más me causó confusión en esta ciudad fue el primer día que llegué al supermercado a comprar un pedazo de carne. Uno más o menos conoce, no soy un experto en la materia, pero puedo diferenciar fácilmente entre una sobrebarriga y un murillo, y esas cosas. Sin embargo, además de la dificultad del idioma, empiezo a reconocer algo raro en el dibujillo que había detrás de la zona de carnes con respecto a los cortes. En ese momento me di cuenta que mi ontología culinaria iba a cambiar más que nunca, además de los ya muy bruscos cambios que se producen cuando no se encuentra nada que se siembre por encima de los 2000 msnm, por obvias razones, y que, además de todo, es la base de mi alimentación, o por lo menos de mis conocimientos culinarios. Luego de ver el dibujillo, y empezar a ver que hay otras formas de cortar vacas (yo pensé que las cortaban y ya…) me pica la curiosidad sobre el corte. La respuesta: corte europeo. El corte que utilizan comúnmente en Colombia es el corte americano. Pues bien, resulta que aquí son bastante coherentes con sus patrones numéricos, no como nosotros, que pasamos del patrón europeo al americano sin darnos cuenta… La gasolina no la venden por galones, sino por litros. Las hojas no son tamaño carta o doble carta, sino A4, o A3, en fin, todo lo que se refiere a medidas es con sistema métrico decimal. Por lo menos resultan coherentes con esto, aunque para uno sea un enredo tratar de calcular cuántos galones le cabrán a un carro, o qué pedazo de la vaca es el que me voy a comer. Bueno, por lo menos ya logré descubrir que la famosa picanha es la punta de anca, que es la carne más cara y más famosa que usan para los churrascos.
Grave... Greve
Hacía rato que no escribía, tal vez era cuestión de exceso de trabajo, tal vez cuestión de pereza, tal vez sólo me queda la excusa de decir que tengo escaso acceso a internet pues la USP entró en “greve (paro)” —de ahí el título que escogí para el post—. Como siempre esas cosas que pasan en los países latinoamericanos, hay todo un enredo con respecto a la comunicación, y unos dicen una cosa, y otros dicen otra, y se nota la desinformación, y se nota que la gente se aprovecha infamemente de la desinformación para armar una tormenta en un vaso de agua. Y así, con problemas que se pueden resolver en un par de días se prolongan por la testarudez de cada una de las partes que se polarizan, se radicalizan, y luego hacen imposible el diálogo.
Dejando de lado los problemas políticos que tienen las universidades públicas en nuestro continente, el viernes de la semana pasada hubo una reunión en la Unicamp con el grupo de investigación del profesor Angioni. Fue todo un día… lleno de quinientas cosas. Primero, habíamos quedado de reunirnos a las 8 am, pero me cogió el tráfico paulista, y duré casi una hora metido en un trancón absurdo en la Av. Rebouças, que es la que conecta el suroccidente de São Paulo con el centro de la ciudad. Luego, para rematar, tenía que tomar el metrô, pero como pasa en toda estación subterránea de metro, apenas entras, pierdes la luz del día, pierdes el sentido de ubicación, y fácilmente puedes tomar la ruta contraria si no estás al tanto de todo. Y pues efectivamente así fue: tenía que subirme al metrô, hacer un trasbordo a la otra línea del metrô y llegaba. Pero cuando fui a hacer el transbordo, subí las escaleras, y cuando llegué a la segunda línea, no me dí cuenta que había quedado en la dirección contraria a la que iba. Menos mal pude reconocer rápidamente mi error y volver a mi camino inicial. Bueno, en todo caso llegué a las 8:40. Fui el último en llegar, pero me sirvió la homérica excusa de “es mi primer día”…. Luego del encuentro mañanero —muy mañanero, por cierto, pues llevaba meses sin levantarme antes de que saliera el sol— salimos por la Rodovía dos Bandeirantes con rumbo a Campinas. Dos horas de camino por una autopista que tiene como límite mínimo de velocidad 120km/h en la franja izquierda, y para las otras, 90km/h. Esa es una de las cosas que extraño que no haya en mi país en donde los carros se dañan por andar subrevolucionados, dado que están diseñados para andar a más de los 60 u 80km/h permitidos. La reunión, un tanto complicada dado el sol mañanero, la aridez de los Analíticos Posteriores, y el esfuerzo mental que requiere entender un idioma que no es el nativo, más aún cuando apenas llevo un mes aquí. Pero bueno, ya es un mes, ya es bastante. Igual, todavía cuesta entender todo lo que dicen.
Comprobé una cosa, muy curiosa, en la reunión. En la casa donde vivo se les hace muy extraño ver a un filósofo que se la pase todo el día pegado al laptop, y que sea cacharrero con los computadores. Para mí esto no es nada extraño, realmente, sin embargo aquí era toda una curiosidad que sólo se explicaba porque yo había estudiado Ingeniería de Sistemas. Pues bien, en aquella reunión, con tanta gente metida, de tan buen nivel, y de tanta experiencia, yo, escúchese bien, yo era el único que había pensado en llevar su laptop por si algo hacía falta… Quizás las reuniones de traducción con Peiras ya hayan llenado de prejuicios mi cabeza con la necesidad que uno tiene de diez cosas al tiempo, como el diccionario, el Thesaurus Linguae Graecae (TLG), en fin, ese poco de cosas que uno utiliza para traducir y lo tiene en el computador, pero el punto es que esta gente no lo utilizaba para nada… Ahí me di cuenta que efectivamente era un filósofo extraño, por lo menos con relación a los de aquí.
La Unicamp también se encuentra en greve, pero aún así hay una cosa que no ha dejado de funcionar, y deberían aprender los de la USP, y es el restaurant estudiantil, alias bandejão. Pero como no somos estudiantes, nos tocó ir a comer al Self–service, y, como todo restaurante brasileño, la comida es por kilo. Pues bueno, ni modo, un tanto caro, pero nada fuera de lo normal.
La gente con la que iba ese día es bastante simpática: una paulista, un pernambucano, un natalino (de Natal, la ciudad nordestina más famosa de Brasil por sus playas) y un fortalezano (Tres nordestinos, que tienen un acento medio extraño, que a veces no logro entender) y una veneciana (la posdoctoranda, italiana total). Esa es la base del grupo de trabajo, o por lo menos es con los que me la paso. Había más gente, pero no logré hablar mucho con los otros.
Dejando de lado los problemas políticos que tienen las universidades públicas en nuestro continente, el viernes de la semana pasada hubo una reunión en la Unicamp con el grupo de investigación del profesor Angioni. Fue todo un día… lleno de quinientas cosas. Primero, habíamos quedado de reunirnos a las 8 am, pero me cogió el tráfico paulista, y duré casi una hora metido en un trancón absurdo en la Av. Rebouças, que es la que conecta el suroccidente de São Paulo con el centro de la ciudad. Luego, para rematar, tenía que tomar el metrô, pero como pasa en toda estación subterránea de metro, apenas entras, pierdes la luz del día, pierdes el sentido de ubicación, y fácilmente puedes tomar la ruta contraria si no estás al tanto de todo. Y pues efectivamente así fue: tenía que subirme al metrô, hacer un trasbordo a la otra línea del metrô y llegaba. Pero cuando fui a hacer el transbordo, subí las escaleras, y cuando llegué a la segunda línea, no me dí cuenta que había quedado en la dirección contraria a la que iba. Menos mal pude reconocer rápidamente mi error y volver a mi camino inicial. Bueno, en todo caso llegué a las 8:40. Fui el último en llegar, pero me sirvió la homérica excusa de “es mi primer día”…. Luego del encuentro mañanero —muy mañanero, por cierto, pues llevaba meses sin levantarme antes de que saliera el sol— salimos por la Rodovía dos Bandeirantes con rumbo a Campinas. Dos horas de camino por una autopista que tiene como límite mínimo de velocidad 120km/h en la franja izquierda, y para las otras, 90km/h. Esa es una de las cosas que extraño que no haya en mi país en donde los carros se dañan por andar subrevolucionados, dado que están diseñados para andar a más de los 60 u 80km/h permitidos. La reunión, un tanto complicada dado el sol mañanero, la aridez de los Analíticos Posteriores, y el esfuerzo mental que requiere entender un idioma que no es el nativo, más aún cuando apenas llevo un mes aquí. Pero bueno, ya es un mes, ya es bastante. Igual, todavía cuesta entender todo lo que dicen.
Comprobé una cosa, muy curiosa, en la reunión. En la casa donde vivo se les hace muy extraño ver a un filósofo que se la pase todo el día pegado al laptop, y que sea cacharrero con los computadores. Para mí esto no es nada extraño, realmente, sin embargo aquí era toda una curiosidad que sólo se explicaba porque yo había estudiado Ingeniería de Sistemas. Pues bien, en aquella reunión, con tanta gente metida, de tan buen nivel, y de tanta experiencia, yo, escúchese bien, yo era el único que había pensado en llevar su laptop por si algo hacía falta… Quizás las reuniones de traducción con Peiras ya hayan llenado de prejuicios mi cabeza con la necesidad que uno tiene de diez cosas al tiempo, como el diccionario, el Thesaurus Linguae Graecae (TLG), en fin, ese poco de cosas que uno utiliza para traducir y lo tiene en el computador, pero el punto es que esta gente no lo utilizaba para nada… Ahí me di cuenta que efectivamente era un filósofo extraño, por lo menos con relación a los de aquí.
La Unicamp también se encuentra en greve, pero aún así hay una cosa que no ha dejado de funcionar, y deberían aprender los de la USP, y es el restaurant estudiantil, alias bandejão. Pero como no somos estudiantes, nos tocó ir a comer al Self–service, y, como todo restaurante brasileño, la comida es por kilo. Pues bueno, ni modo, un tanto caro, pero nada fuera de lo normal.
La gente con la que iba ese día es bastante simpática: una paulista, un pernambucano, un natalino (de Natal, la ciudad nordestina más famosa de Brasil por sus playas) y un fortalezano (Tres nordestinos, que tienen un acento medio extraño, que a veces no logro entender) y una veneciana (la posdoctoranda, italiana total). Esa es la base del grupo de trabajo, o por lo menos es con los que me la paso. Había más gente, pero no logré hablar mucho con los otros.
martes, mayo 08, 2007
El transporte público de São Paulo
En esta ciudad las personas son bastante calmadas, aunque uno creería que, por la forma en que conducen, es totalmente al revés. Si uno se queja de un taxista en Bogotá, aquí el que maneja más decentemente, conduce como taxista bogotano. Pero las calles son mucho más amplias, las avenidas tienen límites de velocidad hasta de 120 km/h, en fin, el tráfico es más rápido en general. Pero bueno, también a veces hay unos embotellamientos de mil demonios. El viernes pasado fui a la Policía Federal a registrarme —cosa que no pude hacer porque en Bogotá perdí el pedido de visto consular, además me cobraban R$200 que en ese momento no tenía—, de vuelta di con un taco bastante complicado. Son aproximadamente 10 km de recorrido, que se podrían hacer fácilmente en 20 minutos. Sin embargo, el tráfico era tal que el recorrido duró casi las dos horas hasta la USP. La escena del día fue un tipo que, en medio del taco, quería bajarse, pero como aquí los buses solamente paran en los paraderos, pues el ayudante del conductor le dijo que no. El tipo tuvo que esperarse casi quince minutos para que el bus avanzara solamente un par de cuadras, y lo dejara en el paradero.
El transporte público es bastante particular. Todos los buses municipales tienen puertas a ambos lados del bus, y en algunas avenidas hay paraderos a mano izquierda —al estilo de Transmilenio, solamente que sin tanta parafernalia, pues tienen escaleras como todos los buses—. Hay unos que parecen transmilenios, pero si uno no ve el fuelle en la mitad, fácilmente los podría confundir con buses normales. Otra cosa interesante: todos los buses tienen, en las registradoras, lectores como los de transmilenio. En mi opinión eso es ahorrarse bastante. El procedimiento es el siguiente: a la mitad del bus está la catraca, o registradora. Al lado está el ayudante, que cobra el pasaje, pero si tienes billete único de bus, solamente lo pasas por el lector y ya. Si no, entonces el ayudante cobra y pasa una tarjeta con la que, me imagino, después le hacen inventario de cuánto dinero debe tener. Además de esto, y es muy simpático, el ayudante es el que controla las puertas. Si eres mayor de 65 años, presentando un cartón, no tienes que pasar la catraca. A veces —y ya me pasó— no tienen troca (cambio), entonces puedes esperar en las sillas del frente mientras te bajas —y no como en Colombia, en donde el busetero te dice “ya le doy las vueltas” esperando a que luego se te olvide—. Además de esto, si tienes billete único puedes subirte a todos los buses y metro que necesites en dos horas. Eso ha resultado bastante útil en este enredo de ciudad en donde, algunas veces, para ir de un lado a otro hay que coger hasta tres y cuatro buses.
El transporte público es bastante particular. Todos los buses municipales tienen puertas a ambos lados del bus, y en algunas avenidas hay paraderos a mano izquierda —al estilo de Transmilenio, solamente que sin tanta parafernalia, pues tienen escaleras como todos los buses—. Hay unos que parecen transmilenios, pero si uno no ve el fuelle en la mitad, fácilmente los podría confundir con buses normales. Otra cosa interesante: todos los buses tienen, en las registradoras, lectores como los de transmilenio. En mi opinión eso es ahorrarse bastante. El procedimiento es el siguiente: a la mitad del bus está la catraca, o registradora. Al lado está el ayudante, que cobra el pasaje, pero si tienes billete único de bus, solamente lo pasas por el lector y ya. Si no, entonces el ayudante cobra y pasa una tarjeta con la que, me imagino, después le hacen inventario de cuánto dinero debe tener. Además de esto, y es muy simpático, el ayudante es el que controla las puertas. Si eres mayor de 65 años, presentando un cartón, no tienes que pasar la catraca. A veces —y ya me pasó— no tienen troca (cambio), entonces puedes esperar en las sillas del frente mientras te bajas —y no como en Colombia, en donde el busetero te dice “ya le doy las vueltas” esperando a que luego se te olvide—. Además de esto, si tienes billete único puedes subirte a todos los buses y metro que necesites en dos horas. Eso ha resultado bastante útil en este enredo de ciudad en donde, algunas veces, para ir de un lado a otro hay que coger hasta tres y cuatro buses.
End of the Holidays
Luego de un largo puente, dado que el 1º de Mayo fue un martes, y aquí si pasa eso, se toman el lunes también, vino una semana de ubicación en la U. Marco Zingano, el profesor con el que voy a trabajar, no fue el miércoles a la Universidad, pues es el día que dedica a cuidar a su hija, y por lo tanto, el miércoles fue un día perdido. Sin embargo el jueves fue bastante ajetreado. Me reuní con Marco, me contó todas las actividades que van a haber de aquí a que yo me vaya, y me encargó ya un par de trabajos. El primero es la traducción de una página web que tienen de una revista de Filosofía Antigua entre la USP y la Universidad de Campinhas. El otro, como era de esperarse, fue mi texto. Le dije que lo tenía casi listo, pero me dijo que me tomara mi tiempo, pues, como anda de sabático, la próxima semana vuelve a salir de viaje, y no va a tener tiempo para leerlo. Luego de arreglar los problemas académicos, vino el embrollo administrativo. Lo primero fue la biblioteca, entonces fuimos con Marco para allá, y no hubo mayor inconveniente, solamente es llevar una carta de él, una carta de la casa en donde vivo y ya. Lo que sí resultó bastante complicado fue conseguir auxilio de alimentación. Un almuerzo para estudiante vale R$1,90, pero para invitado, vale R$7. Bastante diferencia, sin embargo, para tener derecho al bandejão, es preciso estar matriculado. Entonces una secretaria me acompañó a la Facultad, a la división para estudiantes extranjeros, y ellos dijeron que, como ya había pasado más de medio semestre, entonces no podían hacer nada, no me podían matricular, no me podían dar carnet ni nada por el estilo, y que por lo tanto, no tendría auxilio de alimentación. Sin embargo, Marco empezó a llamar a todo el mundo, hasta que encontró a las personas encargadas de los auxilios a estudiantes, y finalmente consiguió una autorización para poder comer en el bandejão a precio de estudiante. Qué bacán este man.
El fin de semana fue brutal, particularmente el domingo. Resulta que aquí hacen anualmente un evento que se llama “Virada Cultural”. Es un día completo, desde el sábado a las 6 pm hasta el domingo a las 6 pm en que hay, en muchos sitios de la ciudad, distintas actividades: teatro, cine, conciertos, danza, en fin, todo tipo de cosas que puedan llamarse “actividad cultural”. Quería empezar desde el sábado, pero ese día viajaban varias de las personas con las que vivo en la casa, y pues los que no viajaban los iban a acompañar, así que ni modo. Sin embargo, el domingo salimos a las 11 am de la casa, llegamos al centro, nos comimos un par de empanadas chilenas muy grandes y muy buenas, y empezamos a recorrer cuanta cosa encontramos. La primera parada fue un quasi circo bastante chistoso, el problema era que no veíamos una leche, pues el espacio en el que lo hicieron era muy reducido, y quedamos bastante lejos. Luego vimos la programación, y veo que, en ese momento, estaba tocando una banda que yo recordaba bastante bien de mi temprana adolescencia: Ratos de Porão. Sí, señores, los famosos punketos brachos de los 80’s. Bueno, por lo menos en mi colegio, con ese ambiente punk de principios de los 90’s eran medio famosos. Así que nos fuimos para allá. La locación era bastante simpática: cerraron una calle del centro —hagan de cuenta que cerraran la 16 entre 7ª y 8ª, y pusieran una tarima en una esquina—, y de ahí para abajo era un mar de gente… Punkies, muchos punkies. En ese momento iba con María, la argentina, y con Christian, un amigo chileno de la argentina, que tenía cara más bien de ñoño a quien esas cosas no le gustaban. Pero bueno, el punto es que, de haber tenido más cervezas en la cabeza, y un parche más grande, habría terminado en la mitad del pogo. Pero bueno, no importa, igual casi me levantan por tratar de tomar una foto, pues me subí a una caneca de la basura, y por cogerme de un poste que estaba al lado, tumbé una bicicleta que estaba amarrada al poste. El lío no fue que tumbara la bicicleta, sino que con la caída se dañó la cadena que la amarraba al poste. En ese momento no me di cuenta del escándalo que había armado, pues me concentré en tomar la foto. Sin embargo, cuando me bajé, y fui a levantar la bicicleta otra vez, María me dijo que arreglara eso rápido que los manes de al lado nos estaban mirando rayado, y estaban diciendo cosas que ninguno de los tres logró comprender. En fin, el hecho es que tocó salir de ahí, pues no tengo espíritu de paparazzi, y no pretendo morir por una miserable foto. Nos fuimos para el otro lado de la calle, y nos tomamos una cerveza para bajar el susto.
Luego de ver un rato a los Ratos, —valga la redundancia— nos fuimos a pasear. Aquí, no sé porqué, tienen una seria confusión entre el techno y el progresivo —o bueno, no sé si soy yo el de la confusión—, pero había dos sitios, bastante cercanos, por cierto, en donde había una música muy similar, y la programación decía, a un lado “techno”, y al otro lado “progressive”, que, además, como quedaban tan cerca, en medio de los dos se confundía el beat. Yo no soy muy especialista en ese tipo de música, pero para mí sonaban igual.
El almuerzo también fue una de las mejores cosas del día. Conseguimos en el centro un sitio “barra libre” de comida y ensalada por R$6,50, o rodizio por R$9. A todos se nos hizo tan barato que era como sospechoso, aunque se veía bastante presentable. Ahí fue el almuerzo entonces; eso sí, tragamos como animales—bueno, menos María, que es vegetariana—. Todo iba muy bien, hasta que, a la salida, a María le dio por ir al baño. Creo que la experiencia fue tan desagradable que le costó un rato contarnos que, según ella “una mina tenía tan serios problemas de estómago que erró por completo el inodoro, dejando rastros por todo el baño de su pobre desgracia”. Entonces terminó haciendo sus necesidades la pobre María en un baño público que había cerca al restaurante donde estábamos. Es bastante paradójico que resulte más limpio un baño público que el baño de un restaurante, pero bueno, que viva la virada cultural.
Luego del almuerzo nos fuimos a escuchar “maracatú”, que es un género de música del interior de Brasil, bastante folclórico, por cierto. Los tambores estuvieron realmente fenomenales, y las danzarinas, ni hablar. Al terminar fuimos a entrar al Teatro Municipal, pero estaba lleno y no dejaban entrar sino con invitación, así que ni modo, nos fuimos al Boulevard São João a escuchar a unos tipos que estaban tocando canciones de Moraes Moreira, un bahiano bastante famoso. Era muy cómico: un tipo con guitarra y el otro con una cosa que parecía una guitarra eléctrica, pero que solamente tenía cuatro cuerdas. Decían que era la versión eléctrica de no se qué instrumento propio de la música bahiana, ya averiguaré el nombre. Pero igual, la gente estaba super feliz, se sabían todas las canciones, y yo ahí medio entendía. Y así concluyó la tarde, con una descarga de MPB (Música Popular Brasileira) como se suele clasificar, incluso en los tags del MP3.
El fin de semana fue brutal, particularmente el domingo. Resulta que aquí hacen anualmente un evento que se llama “Virada Cultural”. Es un día completo, desde el sábado a las 6 pm hasta el domingo a las 6 pm en que hay, en muchos sitios de la ciudad, distintas actividades: teatro, cine, conciertos, danza, en fin, todo tipo de cosas que puedan llamarse “actividad cultural”. Quería empezar desde el sábado, pero ese día viajaban varias de las personas con las que vivo en la casa, y pues los que no viajaban los iban a acompañar, así que ni modo. Sin embargo, el domingo salimos a las 11 am de la casa, llegamos al centro, nos comimos un par de empanadas chilenas muy grandes y muy buenas, y empezamos a recorrer cuanta cosa encontramos. La primera parada fue un quasi circo bastante chistoso, el problema era que no veíamos una leche, pues el espacio en el que lo hicieron era muy reducido, y quedamos bastante lejos. Luego vimos la programación, y veo que, en ese momento, estaba tocando una banda que yo recordaba bastante bien de mi temprana adolescencia: Ratos de Porão. Sí, señores, los famosos punketos brachos de los 80’s. Bueno, por lo menos en mi colegio, con ese ambiente punk de principios de los 90’s eran medio famosos. Así que nos fuimos para allá. La locación era bastante simpática: cerraron una calle del centro —hagan de cuenta que cerraran la 16 entre 7ª y 8ª, y pusieran una tarima en una esquina—, y de ahí para abajo era un mar de gente… Punkies, muchos punkies. En ese momento iba con María, la argentina, y con Christian, un amigo chileno de la argentina, que tenía cara más bien de ñoño a quien esas cosas no le gustaban. Pero bueno, el punto es que, de haber tenido más cervezas en la cabeza, y un parche más grande, habría terminado en la mitad del pogo. Pero bueno, no importa, igual casi me levantan por tratar de tomar una foto, pues me subí a una caneca de la basura, y por cogerme de un poste que estaba al lado, tumbé una bicicleta que estaba amarrada al poste. El lío no fue que tumbara la bicicleta, sino que con la caída se dañó la cadena que la amarraba al poste. En ese momento no me di cuenta del escándalo que había armado, pues me concentré en tomar la foto. Sin embargo, cuando me bajé, y fui a levantar la bicicleta otra vez, María me dijo que arreglara eso rápido que los manes de al lado nos estaban mirando rayado, y estaban diciendo cosas que ninguno de los tres logró comprender. En fin, el hecho es que tocó salir de ahí, pues no tengo espíritu de paparazzi, y no pretendo morir por una miserable foto. Nos fuimos para el otro lado de la calle, y nos tomamos una cerveza para bajar el susto.
Luego de ver un rato a los Ratos, —valga la redundancia— nos fuimos a pasear. Aquí, no sé porqué, tienen una seria confusión entre el techno y el progresivo —o bueno, no sé si soy yo el de la confusión—, pero había dos sitios, bastante cercanos, por cierto, en donde había una música muy similar, y la programación decía, a un lado “techno”, y al otro lado “progressive”, que, además, como quedaban tan cerca, en medio de los dos se confundía el beat. Yo no soy muy especialista en ese tipo de música, pero para mí sonaban igual.
El almuerzo también fue una de las mejores cosas del día. Conseguimos en el centro un sitio “barra libre” de comida y ensalada por R$6,50, o rodizio por R$9. A todos se nos hizo tan barato que era como sospechoso, aunque se veía bastante presentable. Ahí fue el almuerzo entonces; eso sí, tragamos como animales—bueno, menos María, que es vegetariana—. Todo iba muy bien, hasta que, a la salida, a María le dio por ir al baño. Creo que la experiencia fue tan desagradable que le costó un rato contarnos que, según ella “una mina tenía tan serios problemas de estómago que erró por completo el inodoro, dejando rastros por todo el baño de su pobre desgracia”. Entonces terminó haciendo sus necesidades la pobre María en un baño público que había cerca al restaurante donde estábamos. Es bastante paradójico que resulte más limpio un baño público que el baño de un restaurante, pero bueno, que viva la virada cultural.
Luego del almuerzo nos fuimos a escuchar “maracatú”, que es un género de música del interior de Brasil, bastante folclórico, por cierto. Los tambores estuvieron realmente fenomenales, y las danzarinas, ni hablar. Al terminar fuimos a entrar al Teatro Municipal, pero estaba lleno y no dejaban entrar sino con invitación, así que ni modo, nos fuimos al Boulevard São João a escuchar a unos tipos que estaban tocando canciones de Moraes Moreira, un bahiano bastante famoso. Era muy cómico: un tipo con guitarra y el otro con una cosa que parecía una guitarra eléctrica, pero que solamente tenía cuatro cuerdas. Decían que era la versión eléctrica de no se qué instrumento propio de la música bahiana, ya averiguaré el nombre. Pero igual, la gente estaba super feliz, se sabían todas las canciones, y yo ahí medio entendía. Y así concluyó la tarde, con una descarga de MPB (Música Popular Brasileira) como se suele clasificar, incluso en los tags del MP3.
martes, mayo 01, 2007
Por fin....
Por fin estoy de viaje, por fin, después de tanta lucha burocrática, y colocando todo el dinero que poseía, y hasta más —pues el jueves del viaje, a las 12:30, hora en que tenía que estar en el Aeropuerto, el profesor Coussins, muy, pero muy amablemente, me prestó una buena suma de dinero, para no quedarme varado aquí en São Paulo—, estoy en esta megaciudad, rodeado por veinticinco millones de almas, buena parte de ellos inmigrantes —tal vez como yo, o por lo menos así son los que viven conmigo: doctorandos embolsados (así llaman acá a los becados, cuestiones del idioma) viviendo en una casa en un barrio de jubilados que queda cerca a la USP; podría ser, en Bogotá, el equivalente a La Soledad, o a La Esmeralda…—. Entre tales inmigrantes, para extrañeza del mundo entero, se cuentan ya tres millones de taca–tacas: japoneses, coreanos, chinos y otros ojirayados más.
El viaje fue una cosa ente emocionante y espantosa. Emocionante subirte a un avión, con nadie alrededor —y fue nadie porque, como quería ventana, me dieron uno de los últimos asientos, en donde no iba realmente nadie— y subido en un AirBus A319, que es más bien pequeño. Yo pensaba que los AirBus eran todos gigantescos, pero esta cosa me decepcionó realmente. Bueno, no importa, el hecho es que en ese coche bala con alas vi a Bogotá desde la altura. Aunque estaba tan nublado que a los dos minutos ya no se veía sino algo que parecía la base en la cual habían luego escrito encima “Los Simpson”. Y así fue el viaje a Chamozuela, pues por cuestiones de dinero, me tocó venirme en Avión Lechero —sí, los hay—. Definitivamente, hacer escalas, y conocer aeropuertos es el peor plan del mundo, sobre todo cuando la persona encargada del abordaje es una anciana de más de cincuenta años con una cara de “nunca me he cogido a un hombre” que te cagas; me hizo recordar ciertas secretarias de la facultad, cuyo nombre todos saben pero no quiero mencionar.
Luego de la desagradable señora, de nuevo al AirBus, y del Aeropuerto “Simón Bolivar” al “Jorge Chávez” de Lima. Dos horas de viaje, viendo dizque “Eragon”, y luego, cuando se acabó esa mugre, pusieron no sé cuántos capítulos de “Friends”, y como esa joda me da un foco terrible, me puse a leer “La dama del perrito” de Chejov, que, por idiota, fue lo único que traje para leer (Flashback: cuando me estaba checkando en el aeropuerto, mi maleta pesaba 26kg y no dijeron nada, y cuando estaba abordando, mi equipaje de mano pesaba 12 kg y no dijeron absolutamente nada. Pude haber traído cuanta cosa se me hubiera ocurrido, y no habrían dicho absolutamente nada, pero no, uno por pensar en el dinero extra…).
Ya en Lima me entró una preocupación terrible. Debido al apagón ese día en Bogotá, no había tenido acceso a Internet en todo el día, y por lo tanto, no había tomado los datos de la casa a la que iba a llegar, y no encontraba por ninguna parte el teléfono del tipo que vive aquí en la casa; en conclusión, no tenía ni puta idea a dónde iba a llegar, y lo que me afanaba seriamente era la pregunta del tipo de inmigración: “—dirección de residencia. —Hmmmmm”. En fin, el punto es que el único sitio en Lima que tenía Internet era un barcito en el que por el consumo te prestaban un computador. Me fumé como cinco cigarrillos mientras esperaba a que desocuparan uno de los tres computadores que tenían —En realidad eran cuatro, y cuando llegué, todo emocionado, justamente me senté en el dañado, y cuando me dijeron, ya cada computador tenía alguien detrás—. Desocuparon un computador y yo iba de segundo en la fila, vi el reloj y eran las 00:35; mi vuelo salía a las 00:50. Entonces me acerqué al veneco que estaba delante de mí y le pedí el favor de que me dejara mirar solamente un correo. Así entonces, con un cigarrillo en la mano, y temblando ya de que el vuelo me dejara, abrí mi correo, y copié los datos de la dirección de la casa y del teléfono de la persona que me estaba esperando. No se me va a olvidar nunca: Rua Campos Almeida 96. Ahora sí, por fin tranquilo a la zona de abordaje.
Afortunadamente, el abordaje se retrasó un poco, pues habían como cincuenta coreanos haciendo conexión desde Los Ángeles, y como venían desde vaya uno a saber dónde, entonces entraban de primeros. Aquí tenía que hacer cambio de avión, y definitivamente este sí que era un señor Avión: un Boeing 767, con capacidad como para 350 almas, si mis cálculos no me fallan; y lo mejor de todo, cuando yo me subí, el artefacto ya estaba lleno. 1:00 am y cinco horas de viaje para llegar a las 7:20 am a Guarulhos… Mierda, me robaron dos horas de mi vida y no me di cuenta, mierda, mierda… Pues bueno, ya me las repondrán.
Tenía ganas de ver São Paulo desde lo alto, pero una nube negra, que traigo en la cabeza, no me dejó. Cuando salí de Bogotá estaba cayendo el diluvio universal, y llego aquí y me encuentro con otro igual: un frente frío proveniente del Atlántico sur había hecho llover desde dos días atrás, y la lluvia se prolongaría por otros dos días. Venía viendo nubes, y más nubes, cuando de repente sentí que desaceleraba esa máquina gigantesca. Pues bueno, ni modo, de pronto al regreso vea algo.
Al llegar, todo bien, inmigración bien, mi portugués caipiro terrible —caipiro: campesino—, pero no hubo lío. Pero no podía estar todo bien, como siempre en algo tenía que cagarla. Salí emocionado de inmigración, y pensé en cambiar todo el dinero verde que llevaba. Tasa de cambio oficial: R$2,11; tasa de cambio en el aeropuerto: R$1,9. No he hecho las cuentas de cuánto perdí —y pregúntenle a Camilo cuánto verde llevaba, porque yo ya no me quiero acordar—.
El Aeropuerto Internacional no queda en São Paulo, queda en Guarulhos, y de allá a la USP hay aproximadamente 40 km de distancia. Valor del taxi: aprox. R$100. Afortunadamente esta gente tiene un servicio de bus intermunicipal, que lleva a la gente del aeropuerto a ciertos puntos de la ciudad. Valor del intermunicipal: R$27 —Eso vale un pasaje Bogotá–Medellín, en temporada baja—. De donde me dejó el bus aquel a la casa donde me iba a quedar, fue toda una odisea. Aquí no hay calles y carreras, solamente hay ruas, o rodovias, o avenidas, y ya. Cada calle tiene un nombre —según una guía que vía ayer, hay 180000 calles en São Paulo—; así que le di la dirección al taxista y se quedó como si le hubiera echado la madre… Me preguntó “vocé sabe ónde e isse endereço” yo, balbuceando, le dije que era la primera vez que estaba en São Paulo, que solo sabía que era cerca a la USP. El tipo, entonces, sacó su guía de la ciudad, que tenía como docientos mapas, y cincuenta páginas con nombres de calles. Siguió su intuición, y se fue. Finalmente, en un parque que queda allí cerca se bajó a preguntar a un tipo que vende pasteles en la calle, ahí le indicaron que siguiera subiendo, y ya —Ah, es que para rematar, la casa tiene dos direcciones, según me explicó Martha, que es quien administra la casa, por encima de la casa de al lado debería pasar otra calle, que es con la que llegan los recibos de servicios públicos—. Valor del taxi —por un recorrido de 15 a 20 minutos—: R$27. Primera moraleja: en esta ciudad, el transporte público es jodidamente caro.
La casa está muy bien. Me recibió Martha, que como lo llegué a sospechar es una especie de matrona paisa. Más bien joven, pensé que podría ser mayor, y muy buena gente. El esposo, otro paisa, más paisa que la arepa, pero también me cayó bastante bien, sobre todo porque se han portado muy bien conmigo, haciéndome todas las recomendaciones que le pueden hacer a un novato como yo en esta ciudad. Tienen una hija de 9 años, que pasa del portugués al español de una manera admirable, ya quisiera yo poder hacer eso algún día en la vida. Además de ellos dos están María y Mauricio, una argentina y un chileno que son pareja. Hacen una muy bonita pareja, y además son de lo más amable. Además de ellos, está Alexander, a quien solamente he visto en la U, y quien fue con quien hice el contacto, pero no lo he visto aquí en la casa, y Vrahma, un bracho medio loco que vive en la casa, y que hasta hoy logré ver. En fin, esa es la casa. En principio me iba a quedar en el cuarto de la entrada, que tiene colchón doble, y que es grande como un potrero, y que costaba R$300, pero Martha me dijo que también estaba desocupado es te cuarto, y que no tenía ningún inconveniente en dejármelo, y que tan solo costaba R$200. Desventajas: más pequeño, y no tiene cajones. Ventajas: es más económico, y no es en la sala sino en el patio, y puedo salir a fumar —nadie fuma ni bebe en esta casa, así que creo que mis niveles de alcohol y nicotina van a bajar un tanto—. De modo que, por razones más que obvias, me quedé con el pequeño.
La USP es un potrero gigantesco, que es atravesado como por cuatro avenidas —y cuando me refiero a Avenidas, aquí en SP, son avenidas de verdad, de mínimo cuatro carriles a cada lado, y que, pese a lo grandes, se quedan pequeñas par el tráfico de esta ciudad—. He pillado ya a algunos de los que trabajan en Antigua, gracias a Hugo, que fue el estudiante que Zingano encargó de estar pendiente de mí mientras llega, y ya conocía la Secretaria, que es una versión de Matilde bastante surreal: una zamba con más sabor que un jalapeño, que lo primero que hizo al conocerme fue preguntar si le había traído “el encarguito”. Casi no le entiendo, pues habla muy rápido, luego intuí que se trataba de ese tipo de paquetes que son especialistas en sacar del país. Ya me esperaba comentarios de ese tipo, así que me sonreí, y le dije, “ah, no, lo olvidé en la casa, luego lo traigo”.
El puente —pues aquí, si hay festivo en martes, es puente, y si hay en jueves también— lo aproveché para pasear por el centro de la ciudad, que, como verán en las pocas fotos que logré tomar —pues un extranjero solitario tomando fotos en la ciudad puede resultar muy llamativo a tanto malandro que hay en el centro de cualquier ciudad latinoamericana— es como diez veces el centro de Bogotá. La comida es, cualquier cosa, combinada con frijoles rojos pequeños encima del arroz. Así que si mis niveles de alcohol y de nicotina van a bajar, van a subir mis niveles de flatulencia… espero que no mucho, y que siga funcionando como siempre esta tripa de gato canequero. Un almuerzo en la calle no baja de R$5 —ayer, en el centro, en una feria hippie, una japonesa me estafó vendiéndome un yakissoba por R$8, el lío no era el precio, lo que me ofendió fue el sitio: era una casetica que me hizo recordar los tiempos de la fritanga en el palacio del colesterol—, pero en la U, para los estudiantes, el almuerzo vale R$1,40. Eso significaría ahorrar dinero. Los restaurantes tienen el mismo ambiente del restaurante de la Pedagógica, las bandejas son iguales, solamente que se llaman “O bandeijão”, o algo así, nunca he visto cómo se escribe.
El café es mucho más fuerte. Los paisas no lo pueden beber, no huele a nada, pero sabe fuerte, muy fuerte. A diferencia de Colombia, aquí no se consigue café tipo exportación, solamente se consigue fuera del país, o sea que el que venden aquí es el peorcito que se produce. La guaraná es del putas, es rica, muy rica, pero cara como un demonio. Una gaseosa vale R$2, y un tinto normal R$1,40 —eso vale el almuerzo en el bandeijão, así que comparen—.
Creía que no iba a tener tiempo para ver el arrume de películas que traje, pero no crean, ya llevo tres, buenas, muy buenas. Creo que el insomnio de hoy se lo debo a “Los pájaros” de Hitchcock. Ayer se debió al “Hombre Elefante” de Lynch, y antier, al “Milagro de P. Tinto”, por fin entiendo el chiste del “full de negros chinos”, qué película tan buena.Ya son las 3:30 am. La gente se va a empezar a despertar, y yo, zombie como siempre. Espero que eso no sea problema. Igual, ya me van dando ganas de irme a dormir, aunque tengo un insomnio como hace mucho rato no tenía. En todo caso, creo que como siempre voy a terminar despertándome por allá a las 11 am. Además, creo que ya estoy aburriendo a todo el mundo, y quizás nadie lea el post completo, así que nos pisteamos en la red, y luego escribo más cositas. Un abrazo a todos, y que Dios, o la fuerza, o un gato verde los acompañe.
El viaje fue una cosa ente emocionante y espantosa. Emocionante subirte a un avión, con nadie alrededor —y fue nadie porque, como quería ventana, me dieron uno de los últimos asientos, en donde no iba realmente nadie— y subido en un AirBus A319, que es más bien pequeño. Yo pensaba que los AirBus eran todos gigantescos, pero esta cosa me decepcionó realmente. Bueno, no importa, el hecho es que en ese coche bala con alas vi a Bogotá desde la altura. Aunque estaba tan nublado que a los dos minutos ya no se veía sino algo que parecía la base en la cual habían luego escrito encima “Los Simpson”. Y así fue el viaje a Chamozuela, pues por cuestiones de dinero, me tocó venirme en Avión Lechero —sí, los hay—. Definitivamente, hacer escalas, y conocer aeropuertos es el peor plan del mundo, sobre todo cuando la persona encargada del abordaje es una anciana de más de cincuenta años con una cara de “nunca me he cogido a un hombre” que te cagas; me hizo recordar ciertas secretarias de la facultad, cuyo nombre todos saben pero no quiero mencionar.
Luego de la desagradable señora, de nuevo al AirBus, y del Aeropuerto “Simón Bolivar” al “Jorge Chávez” de Lima. Dos horas de viaje, viendo dizque “Eragon”, y luego, cuando se acabó esa mugre, pusieron no sé cuántos capítulos de “Friends”, y como esa joda me da un foco terrible, me puse a leer “La dama del perrito” de Chejov, que, por idiota, fue lo único que traje para leer (Flashback: cuando me estaba checkando en el aeropuerto, mi maleta pesaba 26kg y no dijeron nada, y cuando estaba abordando, mi equipaje de mano pesaba 12 kg y no dijeron absolutamente nada. Pude haber traído cuanta cosa se me hubiera ocurrido, y no habrían dicho absolutamente nada, pero no, uno por pensar en el dinero extra…).
Ya en Lima me entró una preocupación terrible. Debido al apagón ese día en Bogotá, no había tenido acceso a Internet en todo el día, y por lo tanto, no había tomado los datos de la casa a la que iba a llegar, y no encontraba por ninguna parte el teléfono del tipo que vive aquí en la casa; en conclusión, no tenía ni puta idea a dónde iba a llegar, y lo que me afanaba seriamente era la pregunta del tipo de inmigración: “—dirección de residencia. —Hmmmmm”. En fin, el punto es que el único sitio en Lima que tenía Internet era un barcito en el que por el consumo te prestaban un computador. Me fumé como cinco cigarrillos mientras esperaba a que desocuparan uno de los tres computadores que tenían —En realidad eran cuatro, y cuando llegué, todo emocionado, justamente me senté en el dañado, y cuando me dijeron, ya cada computador tenía alguien detrás—. Desocuparon un computador y yo iba de segundo en la fila, vi el reloj y eran las 00:35; mi vuelo salía a las 00:50. Entonces me acerqué al veneco que estaba delante de mí y le pedí el favor de que me dejara mirar solamente un correo. Así entonces, con un cigarrillo en la mano, y temblando ya de que el vuelo me dejara, abrí mi correo, y copié los datos de la dirección de la casa y del teléfono de la persona que me estaba esperando. No se me va a olvidar nunca: Rua Campos Almeida 96. Ahora sí, por fin tranquilo a la zona de abordaje.
Afortunadamente, el abordaje se retrasó un poco, pues habían como cincuenta coreanos haciendo conexión desde Los Ángeles, y como venían desde vaya uno a saber dónde, entonces entraban de primeros. Aquí tenía que hacer cambio de avión, y definitivamente este sí que era un señor Avión: un Boeing 767, con capacidad como para 350 almas, si mis cálculos no me fallan; y lo mejor de todo, cuando yo me subí, el artefacto ya estaba lleno. 1:00 am y cinco horas de viaje para llegar a las 7:20 am a Guarulhos… Mierda, me robaron dos horas de mi vida y no me di cuenta, mierda, mierda… Pues bueno, ya me las repondrán.
Tenía ganas de ver São Paulo desde lo alto, pero una nube negra, que traigo en la cabeza, no me dejó. Cuando salí de Bogotá estaba cayendo el diluvio universal, y llego aquí y me encuentro con otro igual: un frente frío proveniente del Atlántico sur había hecho llover desde dos días atrás, y la lluvia se prolongaría por otros dos días. Venía viendo nubes, y más nubes, cuando de repente sentí que desaceleraba esa máquina gigantesca. Pues bueno, ni modo, de pronto al regreso vea algo.
Al llegar, todo bien, inmigración bien, mi portugués caipiro terrible —caipiro: campesino—, pero no hubo lío. Pero no podía estar todo bien, como siempre en algo tenía que cagarla. Salí emocionado de inmigración, y pensé en cambiar todo el dinero verde que llevaba. Tasa de cambio oficial: R$2,11; tasa de cambio en el aeropuerto: R$1,9. No he hecho las cuentas de cuánto perdí —y pregúntenle a Camilo cuánto verde llevaba, porque yo ya no me quiero acordar—.
El Aeropuerto Internacional no queda en São Paulo, queda en Guarulhos, y de allá a la USP hay aproximadamente 40 km de distancia. Valor del taxi: aprox. R$100. Afortunadamente esta gente tiene un servicio de bus intermunicipal, que lleva a la gente del aeropuerto a ciertos puntos de la ciudad. Valor del intermunicipal: R$27 —Eso vale un pasaje Bogotá–Medellín, en temporada baja—. De donde me dejó el bus aquel a la casa donde me iba a quedar, fue toda una odisea. Aquí no hay calles y carreras, solamente hay ruas, o rodovias, o avenidas, y ya. Cada calle tiene un nombre —según una guía que vía ayer, hay 180000 calles en São Paulo—; así que le di la dirección al taxista y se quedó como si le hubiera echado la madre… Me preguntó “vocé sabe ónde e isse endereço” yo, balbuceando, le dije que era la primera vez que estaba en São Paulo, que solo sabía que era cerca a la USP. El tipo, entonces, sacó su guía de la ciudad, que tenía como docientos mapas, y cincuenta páginas con nombres de calles. Siguió su intuición, y se fue. Finalmente, en un parque que queda allí cerca se bajó a preguntar a un tipo que vende pasteles en la calle, ahí le indicaron que siguiera subiendo, y ya —Ah, es que para rematar, la casa tiene dos direcciones, según me explicó Martha, que es quien administra la casa, por encima de la casa de al lado debería pasar otra calle, que es con la que llegan los recibos de servicios públicos—. Valor del taxi —por un recorrido de 15 a 20 minutos—: R$27. Primera moraleja: en esta ciudad, el transporte público es jodidamente caro.
La casa está muy bien. Me recibió Martha, que como lo llegué a sospechar es una especie de matrona paisa. Más bien joven, pensé que podría ser mayor, y muy buena gente. El esposo, otro paisa, más paisa que la arepa, pero también me cayó bastante bien, sobre todo porque se han portado muy bien conmigo, haciéndome todas las recomendaciones que le pueden hacer a un novato como yo en esta ciudad. Tienen una hija de 9 años, que pasa del portugués al español de una manera admirable, ya quisiera yo poder hacer eso algún día en la vida. Además de ellos dos están María y Mauricio, una argentina y un chileno que son pareja. Hacen una muy bonita pareja, y además son de lo más amable. Además de ellos, está Alexander, a quien solamente he visto en la U, y quien fue con quien hice el contacto, pero no lo he visto aquí en la casa, y Vrahma, un bracho medio loco que vive en la casa, y que hasta hoy logré ver. En fin, esa es la casa. En principio me iba a quedar en el cuarto de la entrada, que tiene colchón doble, y que es grande como un potrero, y que costaba R$300, pero Martha me dijo que también estaba desocupado es te cuarto, y que no tenía ningún inconveniente en dejármelo, y que tan solo costaba R$200. Desventajas: más pequeño, y no tiene cajones. Ventajas: es más económico, y no es en la sala sino en el patio, y puedo salir a fumar —nadie fuma ni bebe en esta casa, así que creo que mis niveles de alcohol y nicotina van a bajar un tanto—. De modo que, por razones más que obvias, me quedé con el pequeño.
La USP es un potrero gigantesco, que es atravesado como por cuatro avenidas —y cuando me refiero a Avenidas, aquí en SP, son avenidas de verdad, de mínimo cuatro carriles a cada lado, y que, pese a lo grandes, se quedan pequeñas par el tráfico de esta ciudad—. He pillado ya a algunos de los que trabajan en Antigua, gracias a Hugo, que fue el estudiante que Zingano encargó de estar pendiente de mí mientras llega, y ya conocía la Secretaria, que es una versión de Matilde bastante surreal: una zamba con más sabor que un jalapeño, que lo primero que hizo al conocerme fue preguntar si le había traído “el encarguito”. Casi no le entiendo, pues habla muy rápido, luego intuí que se trataba de ese tipo de paquetes que son especialistas en sacar del país. Ya me esperaba comentarios de ese tipo, así que me sonreí, y le dije, “ah, no, lo olvidé en la casa, luego lo traigo”.
El puente —pues aquí, si hay festivo en martes, es puente, y si hay en jueves también— lo aproveché para pasear por el centro de la ciudad, que, como verán en las pocas fotos que logré tomar —pues un extranjero solitario tomando fotos en la ciudad puede resultar muy llamativo a tanto malandro que hay en el centro de cualquier ciudad latinoamericana— es como diez veces el centro de Bogotá. La comida es, cualquier cosa, combinada con frijoles rojos pequeños encima del arroz. Así que si mis niveles de alcohol y de nicotina van a bajar, van a subir mis niveles de flatulencia… espero que no mucho, y que siga funcionando como siempre esta tripa de gato canequero. Un almuerzo en la calle no baja de R$5 —ayer, en el centro, en una feria hippie, una japonesa me estafó vendiéndome un yakissoba por R$8, el lío no era el precio, lo que me ofendió fue el sitio: era una casetica que me hizo recordar los tiempos de la fritanga en el palacio del colesterol—, pero en la U, para los estudiantes, el almuerzo vale R$1,40. Eso significaría ahorrar dinero. Los restaurantes tienen el mismo ambiente del restaurante de la Pedagógica, las bandejas son iguales, solamente que se llaman “O bandeijão”, o algo así, nunca he visto cómo se escribe.
El café es mucho más fuerte. Los paisas no lo pueden beber, no huele a nada, pero sabe fuerte, muy fuerte. A diferencia de Colombia, aquí no se consigue café tipo exportación, solamente se consigue fuera del país, o sea que el que venden aquí es el peorcito que se produce. La guaraná es del putas, es rica, muy rica, pero cara como un demonio. Una gaseosa vale R$2, y un tinto normal R$1,40 —eso vale el almuerzo en el bandeijão, así que comparen—.
Creía que no iba a tener tiempo para ver el arrume de películas que traje, pero no crean, ya llevo tres, buenas, muy buenas. Creo que el insomnio de hoy se lo debo a “Los pájaros” de Hitchcock. Ayer se debió al “Hombre Elefante” de Lynch, y antier, al “Milagro de P. Tinto”, por fin entiendo el chiste del “full de negros chinos”, qué película tan buena.Ya son las 3:30 am. La gente se va a empezar a despertar, y yo, zombie como siempre. Espero que eso no sea problema. Igual, ya me van dando ganas de irme a dormir, aunque tengo un insomnio como hace mucho rato no tenía. En todo caso, creo que como siempre voy a terminar despertándome por allá a las 11 am. Además, creo que ya estoy aburriendo a todo el mundo, y quizás nadie lea el post completo, así que nos pisteamos en la red, y luego escribo más cositas. Un abrazo a todos, y que Dios, o la fuerza, o un gato verde los acompañe.
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